sábado, 19 de mayo de 2012

Un ángel en mi vida (Sinopsis, Introducción y Capítulo 1)



“Sé que llevo varios días desaparecida, pero el día de hoy vuelvo con más bríos. Una nueva historia ha surgido en mi mente y he querido compartirla con ustedes. Les dejo las primeras líneas de la historia de Ana, espero les guste y como siempre estoy atenta a sus comentarios.”



SINOPSIS

Ana, una joven de veinticinco años que no ha podido superar la pérdida del amor de su vida, mantiene sus días en pausa y viviendo sin realmente vivir. La melancolía y la soledad, prácticamente se han convertido en su única compañía, aunque los giros del destino le tienen deparada una sorpresa a fin de que se entregue de nueva cuenta al regalo de la vida.

Algunas veces necesitamos un poco de ayuda para avanzar y continuar la marcha, aunque Ana la recibirá de quién menos se lo espera.



INTRODUCCIÓN


Ana se encontraba sentada en el sofá de su casa, el cristal de la ventana que daba hacia la calle dejaba entrever la oscuridad de la noche reducida de cuando en cuando por los relámpagos de la tormenta. Apenas notaba la frescura de la lluvia que había logrado enfriar todo el ambiente, así como apenas notaba las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

Hacia ya casi dos años que había fallecido Julián y aún no podía resignarse a su pérdida. Fueron años maravillosos donde no sólo se compartieron ilusiones, sueños y alegrías, sino también tristezas y porque no decirlo, también problemas: después de todo eran una pareja normal. Pero siempre salieron a flote juntos y no encontraba la manera de salir sola de ese hoyo negro en el que sentía encontrarse, algo de ella había muerto junto con Julián.

Él lo había significado todo para ella. Había sido su mejor amigo, su compañero, su familia, su amante, en conclusión: el amor de su vida. La única vez que se había enamorado y de golpe lo había perdido todo.

—Julián, ojala estuvieras aquí conmigo. Te necesito—. Lo dijo como si hablara consigo misma y ni siquiera supo si fue una plegaria, pero en ese momento otro relámpago golpeó el cielo, nada extraño en una noche como esa; pero en este caso fue una señal, un presagio que traía consigo una nueva oportunidad. ¿Acaso alguien en el cielo la había escuchado?



CAPÍTULO UNO


La vida es un preciado regalo del que debe gozarse plenamente. Siempre habrá obstáculos en el camino; pero por desgracia, en ocasiones, ninguno peor que nosotros mismos.



El despertador empezó a sonar a las seis treinta de la mañana, nada agradable después de pasar una mala noche. Ana no había dormido mucho, comenzó a moverse en la cama, la verdad es que no tenía muchas ganas de levantarse, le resultaría más sencillo quedarse acostada todo el día.

Tengo que levantarme, pensó. Si no lo hago, ¿quién pagará todas las cuentas?

Tenía tantas cosas que pagar, que no podía darse el lujo de faltar al trabajo: luz, agua, gas y estaba a punto de vencerse la renta. Que le descontarán el día tampoco era una opción, así que no podía llegar tarde. Se levantó de un salto de la cama, tenía que apurarse. Entró rápidamente al baño para darse una ducha y después de sólo diez minutos ya estaba frente al armario buscando que ponerse. Se acercó a la ventana, después de la lluvia del día anterior, el cielo se mostraba totalmente despejado, comenzaba a clarear y parecía que iba a ser un día caluroso.

Miró de nuevo su ropa y hablando en voz alta dijo: —Será negro otra vez, total, ¿a quién le puede importar como me vista?

Tomó unos jeans y se puso una camisa negra debajo de la chaqueta —negra también—. Se ajustó las botas y con una liga se amarró su cabello en una coleta, ya habría tiempo para un poco de maquillaje una vez que se subiera al microbús, aunque no necesitara maquillarse mucho. Ana era lo que se llama bonita natural, su piel era blanca y sus facciones eran finas. Sus ojos cafés hacían juego con su cabello castaño, el cual tenía algo rizado, de complexión delgada y de estatura media llamaba la atención cuando caminaba por la calle. Aunque hace mucho hubiera dejado de importarle esa atención.

 En pocas palabras Ana era atractiva físicamente. Acababa de cumplir veinticinco años y aunque varios hombres habían intentado tener algo con ella, había declinado toda propuesta; sin embargo, bajo la insistencia de algunos había tenido que ser más directa para rechazarlos y porque no decirlo, algo grosera. Aunque no fuera su intención simplemente no tenía el tiempo para ponerse a explicar el porque no quería tener trato con nadie, al fin y al cabo todos ellos eran unos simples desconocidos a los que no planeaba contarles sus cosas personales. Actualmente en su vida no había cabida para ningún tipo de relación.

Lista para irse a trabajar cogió su bolsa y justo cuando estaba por salir de su recámara notó algo, podría decirse que en la habitación se respiraba un aire diferente. Se sintió incómoda y echó un rápido vistazo. En el mueble donde estaba la televisión había algo y ella no lo había dejado allí. Comenzó a acercarse sabiendo de sobra con lo que se iba a encontrar.

Acomodada en una orilla, estaba una fotografía de Julián. Se encontraba de pie en la playa, a sus espaldas el mar azul y sostenía una vara en la mano. Su cabello oscuro se revolvía por el viento y sus ojos brillaban. Con una amplia sonrisa mostraba su obra de arte: un corazón dibujado en la arena que encerraba el nombre de Ana. Se le veía feliz. Ana había tomado esa fotografía.

Los últimos momentos de felicidad.

Por un momento, Ana se quedó mirando fijamente la fotografía antes de guardarla dentro de uno de los primeros cajones que encontró. Se giró molesta, seguramente Rosaura, su mejor amiga, la había acomodado. Ana estaba segura de haber guardado todas, no es que quisiera olvidarse de Julián, es lo último que quería; pero aún le lastimaban los recuerdos.

Salió apresurando el paso, cuando llegó a la cocina cogió su desayuno: un sándwich, un yogurt y unas galletas, y salió a la calle. Sin darse cuenta mientras avanzaba, desde la ventana de su propia casa era seguida por una mirada…

  
* * * * * * *


El ruido del tránsito resultaba algo agobiante, la ciudad de México despertaba muy temprano y aunque a mucha gente podría desesperarle, a Ana le tranquilizaba. Ver tanto movimiento la hacia sentirse un poco menos sola, por un instante se olvidaba de sus problemas concentrándose en el ruido que la rodeaba.

El sólo hecho de caminar por la ciudad bastaba para disfrutar del día, la arquitectura de muchos edificios estaba para apreciarse. Múltiples sitios recreativos: museos, parques, cafés, restaurantes, cines, un sinfín de lugares para pasar ratos agradables, y de los cuales Ana pasaba obviando, sin detenerse un momento a pensar lo que se le estaba escapando de las manos.

Dispuesta en la parada, Ana tomó el transporte público, estaría en su trabajo en media hora o quizás cuarenta y cinco minutos, dependiendo del tráfico. Tomó uno de los asientos del fondo y recargada de la ventana trasera dormitó un poco. Eran alrededor de las siete cincuenta de la mañana cuando llegó a las oficinas donde trabajaba, era un edificio nada moderno de cuatro pisos. Subió los escalones de la entrada y cruzó las puertas de cristal. En la esquina derecha se encontraba el checador, bastante rústico al grado de que Ana siempre se preguntaba porque no lo cambiaban. Se inclinó para buscar su nombre en las tarjetas: Ana Duarte Jiménez. Listo, comenzaba otro día laboral, otra vez a cuenta gotas esperando a que pasara rápido la jornada.

Se acercó como cada mañana a saludar a la señora Clara: la recepcionista. Una mujer encantadora a la que Ana quería mucho, ella tenía unos setenta años y era grandioso que siguiera trabajando a pesar de su edad, simplemente le gustaba sentirse útil.

—Buenos días Señora Clara.

—Anita, muy buenos días mi niña—. Siempre era el mismo saludo, a Ana le gustaba.

—Hoy le traje un sándwich, un yogurt y unas galletas para que desayune, apuesto a que no trajo nada señora Clara.

—Mi niña, muchas gracias. Pero, ¿tú que vas a desayunar?

—No se preocupe por eso, ya pensaré en algo. Espero que le guste el sándwich. Las galletas son de chocolate, sus favoritas.

—Prometo que me lo comeré todo. Anda, ya no te quito el tiempo. Vete a trabajar—. Se acercó a Ana y le dio un sonoro beso en la mejilla.

—Hasta luego señora Clara. ¿Quiere que la acompañe a la salida a su casa?

—Hoy no Anita, hoy viene Carlos por mí. Además no me gusta molestarte.

Carlos era el nieto de la señora Clara, un chico de quince años que adoraba a su abuela.

—Sabe que no es una molestia. Si cambia de opinión me avisa. Salúdeme a Carlos cuando lo vea.

Ana se dio la vuelta y dirigiéndose al elevador le hizo un gesto de despedida a la señora Clara, la cual le dirigió una sonrisa en tanto las puertas del elevador se cerraban.

Una vez llegó al cuarto piso, sé dirigió directamente a su escritorio. Pegado a la oficina principal era sólo una mesa con una computadora y un mueble con tres cajones, colocó dentro su bolsa y se dispuso a empezar con sus labores.

El lugar donde trabajaba era un periódico de poca circulación: "El Mensajero." Algo amarillista, aunque de vez en cuando sacaban una que otra nota buena. Ana no buscaba involucrarse con cualquier cosa relacionada directamente a la publicación del periódico. Aunque hubiera podido realizarlo dado que en la universidad había estudiado fotografía —específicamente Licenciatura en Diseño en Comunicación Visual— nunca se le ocurrió siquiera mencionar lo que podría realizar. Mantenía bastante ocultas sus capacidades, por lo que sólo realizaba funciones de secretaria, contestaba teléfonos y transcribía ciertos escritos.

Todo lo que realizaba era supervisado por su jefe, el dueño del periódico: el señor Mauricio Esquivel Aldana. Éste último tenía aproximadamente unos sesenta años de edad, había dedicado la mayor parte de su vida a crear dicho medio de difusión. Era una persona amable y respetuosa, por el contrario a lo que se pudiera pensar por su aspecto: un tipo alto y robusto, de apariencia dura, pero que siempre era afable con sus empleados, especialmente con Ana. Después de un poco más de año y medio de trabajar allí le había tomado cierto cariño. Sabía bien que Ana no tenía familia y prácticamente nadie quien la apoyara, así que él procuraba protegerla, había llegado a quererla como a una hija.

El señor Esquivel siempre llegaba a trabajar un poco después de las nueve de la mañana, sin embargo era el último en irse. En esos instantes de la mañana Ana se relajaba un poco. Antes de que el teléfono comenzara a sonar se ocupaba en acomodar la papelería y checar los pendientes del día anterior. Cuando encendió el ordenador y estando algo distraída una voz la interrumpió.

—Buenos días, Ana. ¿Cómo has estado?

¿Hace cuanto lleva parado ahí?, pensó Ana. Ni siquiera había notado su presencia, levantó la mirada y se dispuso a contestar.

—Hola, buenos días… —y se quedó muda. ¿Por qué se le tenía que olvidar precisamente el nombre del hijo del jefe? Últimamente estaba demasiado distraída.

Se le quedó mirando apenas un instante. Él sonreía con un deje de diversión en los ojos, bastante acostumbrado a que Ana olvidara su nombre. Siempre trataba de hacerse notar, pero a pesar de los tres meses que llevaba trabajando en el periódico no había logrado ningún progreso con Ana, siempre tan retraída en su propio mundo.

¿Cómo es qué se llama?

El silencio empezaba a tornarse algo incómodo, entonces a Ana se le ocurrió.

—Buenos días licenciado Esquivel. ¿Cómo va su día? —. Ya estaba, era licenciado. Eso sí lo sabía, había estudiado periodismo. Y lo de Esquivel… pues lógicamente tendría que apellidarse como su papá.

Él se le quedó mirando un instante antes de responder, entonces soltó una ligera risa, agradable y refrescante. Ana le sonrió, era la primera vez que le sonreía. De hecho, ¿hace cuánto que no lo hacía?

—Ana, ¿cuando empezarás a llamarme por mi nombre? Sólo dime Matías. ¿Cuántos años crees que tengo? A veces me haces sentir como un viejo. Yo tengo veintinueve, ¿y tú?

—Veinticinco— respondió Ana.

—Veinticinco. Cuatro años de diferencia no es mucho.

Ana no respondió a eso último, no era una pregunta por lo que no requería respuesta. Volvió a tornarse el silencio y Matías tuvo que conformarse con esa pequeña sonrisa que le hubiera brindado, al menos por ahora.     

—Te dejo trabajar, Ana. Que tengas un lindo día.

—Gracias, igualmente.

Matías Esquivel Quintero era hijo del jefe del periódico. Había estudiado Comunicación Periodística en la Universidad Panamericana en Guadalajara. Además, tenía un doctorado en la materia realizado en Barcelona, España, donde había estado radicando. Era alto como su padre, pero al contrario de éste no tenía una apariencia robusta. Era delgado, blanco y con el cabello castaño claro. Sus ojos azules los había heredado de su madre.

Había regresado a México para ayudar a su padre en el periódico, pretendía dar un giro total, comenzar nuevas cosas, realizar noticias de calidad y no pequeñas notas sin sentido y fundamento. Bueno, al menos esa era una de las razones por las que había regresado a México, la verdad es que Ana era otra de ellas.

Aunque sin haber conocido a Ana personalmente, Matías sintió conocerla a través de los ojos de su padre. Él se la pasaba hablando de ella, de lo extraordinaria y trabajadora que era, además de bonita. Claro está que la primera vez que la vio llegó a la conclusión que su padre se había quedado corto en ese último aspecto. Le había parecido hermosa y no sólo físicamente, ella parecía irradiar un aire bondadoso y tranquilo, a pesar de la tristeza que a veces se podía ver reflejada en sus ojos.

Matías se dirigió a su oficina que estaba ubicada del lado izquierdo del recinto, desde allí y por la forma en que estaba ubicado su escritorio podía ver directamente a Ana. Él había hecho algo de trampa pues los muebles habían sido dispuestos y acomodados a su gusto, de tal modo que cada vez que alzaba la vista podía mirarla trabajando. Había notado que ella no tenía muchos amigos en la oficina; salvo la recepcionista y su padre, eran las únicas personas con las que la había visto hablar, prácticamente no se movía de su escritorio hasta que terminaba la jornada laboral. Quizás era hora de dar el primer paso, ese mismo día la invitaría a almorzar.

Poco a poco todos los empleados se fueron posicionando en sus lugares de trabajo, la oficina comenzó a volverse bulliciosa y el teléfono no paraba de sonar. Mientras Ana anotaba los recados y recibía la correspondencia, el señor Esquivel llegó a la oficina, ese día un poco más tarde de lo habitual, se le veía bastante cansado.

—Buenos días, Ana. ¿Ya habrá llegado mi hijo?

—Buenos días señor Esquivel. Sí, hace rato que llegó. Está en su oficina.

—Bien, háblale por favor, necesito atender unas cosas con él.

—Sí, claro.

Ana se dirigió a la oficina de Matías, pero él ya salía avanzando hacia dónde estaba ella.

—Me llama mi padre, ¿verdad?

—Sí, lo está esperando en su oficina.

—Gracias, Ana.

Matías entró en la oficina de su padre, antes de que siquiera pudiera saludarlo notó que le pasaba algo. Con una apariencia preocupada lo miraba de una manera extraña.

—Siéntate Matías, necesito hablar contigo.

—Papá, ¿te encuentras bien? Te notas algo… no sé, como cansado.

Ante tal aseveración, su padre le respondió de maneta distraída.

—Ah, sí. No dormí bien anoche, ya sabes que a veces me da insomnio, pero no es eso de lo que quiero hablarte.

—Bien, si es por la entrevista que planeamos realizar al…—su padre lo interrumpió.

—No hijo, no. Digamos que es algo más personal. Pero bueno, iré al grano. Se trata de Ana.

—¡¿Qué?!

—¿No me digas que te sorprende? Bueno, pareciera que no noto lo que pasa en la oficina, pero me he fijado en como la miras y pues esta mañana hablé con tu mamá y me hizo… ciertos comentarios.  

Matías ni siquiera quería levantar la vista, su madre había cometido alta traición, le había confiado sus intenciones con Ana y, ¿qué había hecho ella?, contárselo a su padre. Se sentía apenado, hubiera preferido que él lo escuchara de su boca.

—Escucha papá, mis intenciones con Ana son serias. Sé que tu la cuidas y demás, pero bueno, no sé si tenga a alguien o siquiera si dejará que me le acerque, a veces parece tan cerrada que… —Matías miró a su padre, él lo observaba de un modo… ¿acaso era burla?  

—Relájate hijo, empiezas a balbucear. No me molesta que te hayas fijado en Ana, me parece una excelente idea que ustedes dos comiencen a salir. Creo que eres bueno para ella y ella para ti… —de repente se quedó callado y cuando volvió a hablar sonó algo triste y de repente su tono se tornó más serio. —Sólo me gustaría que tuvieras en cuenta que con Ana debes de tener paciencia, sabes bien que ella ha sufrido bastante.

—Lo sé papá, no es mi intención presionarla ni mucho menos. Iré con calma.

En el rostro de su padre apareció una sonrisa, la cual por un momento hizo que se borrara el cansancio de sus ojos.

—Bien, eso me parece perfecto, aunque no vayas con mucha calma, ya llevas rato trabajando aquí y pues como que no has avanzado mucho, ¿no crees?  

—Papá, por favor…

—Ok, ya puedes irte a trabajar… y abre la ventana de tu oficina, necesitas algo de aire, te notas algo ruborizado.

Con el ánimo cambiado, Matías salió de la oficina de su padre. Se sentía confiado, así que, ¿por qué no comenzar ahora? Buscó a Ana con la mirada y antes de mencionar palabra notó que parecía encontrarse bastante concentrada, sostenía algo en las manos y algunas de sus cosas se habían caído al suelo. Se acercó para ayudarla, fue entonces cuando Ana pareció salir de su ensoñación. Se le quedó mirando.

Quizás no sea el momento adecuado, pensó Matías.

—¿Sí?

—A- Ana —bien, ¿acaso acababa de tartamudear?— me preguntaba sí… bueno, me di cuenta que le diste tu desayuno a la señora Clara y pues supuse que no tienes más que desayunar, así que, pensé en invitarte a almorzar. Aquí cerca hay un lugar donde hacen comida rica… ¿Te gustaría que fuéramos?

Pareció mirarlo con un aire desencantado, como si la invitación más que ilusión le hubiera causado molestia y eso le dolió a Matías.

—Ah. Lo siento, pero no puedo, hay bastante trabajo.

La respuesta no le sorprendió a Matías, pero aún así insistió.  

—Prometo que no nos tardaremos nada—. Parecía que estaba rogándole, aunque en definitiva algo había de eso. Sólo quería pasar un rato con ella. Se obligó a sonreír, aunque esta vez no encontró respuesta.

—Lo siento, pero no, otro día será—. Esta vez Ana desvió la mirada, dando por terminada la conversación. Además de que el tono con que dijo esta última frase no dejaba mucho margen para replica. Inclusive a Ana le sorprendió la rudeza de su voz.

Matías se quedó un momento de pie frente al escritorio de ella, parecía petrificado y antes de reaccionar y darse la vuelta se encontró con la mirada de su padre que había presenciado la escena. Miró a su alrededor, ¿quién más había notado el rechazo de Ana? Se sintió avergonzado y con la cabeza gacha se dirigió con paso ágil hacia su oficina. Ana levantó la vista y lo siguió con la mirada, no había querido ser grosera, pero… En la mano sostenía una foto arrugada.


* * * * * * *


Ahora sí que estaba enojada, apenas viera a Rosaura iba a cruzar unas cuantas palabras con ella. Esta vez, había cruzado límites. ¿Cómo es que se atrevía a entrometerse de ese modo? Lo de la foto en su recámara era una cosa, pero ¿la foto en su bolsa?, simplemente era demasiado. Ana se sentía totalmente agobiada y empezó a sentir que sus ojos se llenaban de lágrimas. Se levantó rápidamente y se dirigió al tocador. Frente al espejo se quedó mirando su reflejo, la verdad es que era un desastre, se sentía así. Miró su ropa, su cabello, parecía no gustarle nada. Se limpió las lágrimas, se seguía sintiendo triste y para colmo se sumaba el sentimiento de culpa por cómo acababa de tratar a Matías.

Él sólo trataba de ser amable. ¿Qué es lo que estoy haciendo?

El trabajo siguió con normalidad, de vez en cuando Ana levantaba la vista hacia la oficina de Matías. A través de los cristales podía mirarlo paseándose de un lado a otro con el teléfono en la mano, se le veía bastante ocupado. En ninguna ocasión él se dio cuenta que Ana lo miraba, esta vez simplemente no quería mirar en esa dirección.

Eran cerca de las cuatro de la tarde, casi por terminada la jornada cuando el Señor Ontiveros llamó a Ana a su oficina. Comenzó a sentirse nerviosa, quizás se había dado cuenta de cómo había tratado a Matías y pensaba reclamarle, después de todo el era su hijo y ella no era nadie.

—Ana, siéntate por favor, termino esta llamada y estoy contigo.

—Si, claro.

Apenas colgó el teléfono, el Señor Ontiveros sonrió y dirigiéndose a Ana le dijo:

—Ana, quería invitarte a cenar mañana a la casa, Gloria lleva días diciéndome que te invite. Ya conoces a mi esposa y si no consigo que este fin de semana vayas me meteré en un lío. ¿Te parece bien a las siete?, mandaré por ti a tu casa. Oh, perdona, ni siquiera te he preguntado si tienes otros planes. ¿Crees qué puedas acompañarnos?

—Por supuesto, sabe que no me perdería una cena en su casa.  

—Perfecto, entonces a las siete. Sólo seremos Gloria, Matías, tú y yo. Ya está arreglado.

Un escalofrío recorrió a Ana cuando escuchó el nombre de Matías, sintió ruborizarse y procuró controlarse antes de que resultara demasiado notorio que se puso nerviosa. ¿Por qué se ponía así? Sólo era una cena en familia. Muchas veces ya había ido a cenar a casa del Señor Ontiveros, en fin, quizás sería la oportunidad perfecta para disculparse con Matías.

—Sí, a las siete me parece perfecto. Gracias por la invitación.

—De nada, Ana. Entonces nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Ana salió de la oficina más relajada, no hubo reclamaciones como imaginaba y dado que ya pasaban de las cuatro de la tarde se dispuso a acomodar sus cosas para irse a casa. Apagó el ordenador, tomó su bolsa y se dirigió a la salida. Mientras tanto, el señor Ontiveros ya estaba en la oficina de su hijo contándole las buenas nuevas.

—Ana irá a cenar mañana a la casa, por cierto, vas a pasar por ella. Qué tal, ¿eh? ¿Qué harías sin mí? —. Por única respuesta, Matías le dedicó una amplia sonrisa a su padre.

4 comentarios:

  1. Hola Li: En contraste con tu otra novela, esta me parece un tanto "predecible".¿De verdad el hijo del jefe? No me lo tomes a mal, pero creo que tienes mucho potencial y puedes ser más original.
    Discúlpame, pero me gusta ser franca.
    Cariñosamente: Doña Ku

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  2. Dora Ku, como siempre agradezco sus comentarios. si nos ayuda a mejorar, a prepararnos e inclusive a rectificar toda crítica es buena. Gracias por el aporte, de cualquier modo seguiré con la historia y buscaré el modo de mejorarla. Saludos!!!

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  3. A mi realmente me agrada y se que esta historia me va a encantar puesto que no comienza como otras historias irreales hablamos de un tiempo en el cual las personas no se areve a acarse a ea persona si no es on un poco de empujoncitos jeje!!!

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  4. No había tenido la oportunidad de leer la historia, y en definitiva me gustó! Primero, porque las tramas donde hay romance y conquista me encantan, cosa que en este relato se está cocinando entre Ana y Matías, y, segundo, porque el toque de misterio respecto a saber quién le ha estado dejado a Ana fotos de su novio muerto deja a uno con ganas de seguir leyendo para descubrir dicho secreto, así que espero pronto subas la siguiente parte de tu novela. Saludos. Karime :)

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Gracias por pasar y comentar, espero y hayas encontrado algo de tu agrado.