jueves, 2 de agosto de 2012

El escritor


Saludos blogueros, les cuento que después de haberme inscrito al "Maratón de escritura" que organiza Maga Delin en su blog Escribiendo la Noche, es hasta el día de hoy que tengo la oportunidad de pasarme por aquí y contarles como me está yendo. Resulta que ha sido hasta el tercer día que realmente he podido dedicarme a escribir y de ahí en adelante he buscado hacerme algún espacio. Algunas veces por distintas cuestiones no resulta sencillo, en lo personal esta semana se me terminaron las vacaciones y regresé a mis labores normales, ha habido mucho trabajo y poco tiempo para cumplir con esta iniciativa en la que me decidí a participar. El tercer día realmente no escribí mucho, apenas tres páginas, pero ayer escribí más de cinco de mi novela "Un ángel en mi vida" (para leer aquí), y ayer y hoy he continuado mi novela "Everblue" (para leer aquí) y he realizado un pequeño relato que es el que les quiero compartir el día de hoy. Espero seguir con este ritmo de escritura y avanzar lo más que se pueda en mis proyectos. Me despido y como siempre estoy atenta a sus comentarios.


EL ESCRITOR



Tenía veintiséis años cuando terminó su primera novela: quinientas cuarenta y seis páginas para ser exactos. En ese entonces, escribía teniendo por única compañía a Arthur: un perro pastor alemán que tenía desde cachorro. Sentía tener un futuro seguro en el basto mundo de la literatura.
Desde niño había soñado con ser un escritor exitoso y quizás esta vez vería por fin su sueño cumplido. Su padre ya no era un obstáculo, no estaba en su cabeza diciéndole que eso de querer ser escritor eran tonterías. A decir verdad, cuando murió, más que pesadumbre sintió alivio. En consecuencia, abandonó los trajes y las corbatas en el clóset y dejó su aburrido trabajo de oficina para dedicarse de lleno a la escritura.
En un principio le resultó complicado sentarse a escribir, las ideas e inspiraciones no llegaban como él había esperado. Se sintió torpe e iluso al haber pensado que sería sencillo. Pero una tarde, estando sentado en una silla en el jardín de su casa, mientras se entretenía jugando con Arthur a la pelota, una idea llegó a su cabeza. Llegados a ese punto las palabras comenzaron a fluir y escribió sin detenerse.

Días enteros se la pasaba frente a su rústica máquina de escribir creando su historia, aquella que llegaría a las librerías de todos los países, que la gente aclamaría y reconocería de inmediato el talento del hombre detrás de cada frase. Se entretenía imaginando como sería su vida cuando el éxito llegara, tal vez fue por eso que no puso especial atención en lo que escribía.
Las críticas sobre su trabajo no fueron muy buenas: trillado y predecible, fue lo que más escuchó. Y así, con cada puerta cerrada, su espíritu fue decayendo y el ser escritor poco a poco dejó de ser una opción. De algo tenía que vivir, así que un buen día —o mal día— regresó a la oficina y al papeleo agotador habitual.
Los años pasaron, eligió una vida cotidiana y cómoda: trabajo, esposa e hijos. Y el escritor, en apariencia desapareció. Aunque por las noches cuando sus hijos y esposa dormían, se levantaba y escribía unas líneas, esta vez no pensando en el éxito que quizás podría llegar. Escribía para sí mismo, adentrándose por completo en las historias que plasmaba en papel, sintiendo empatía con sus personajes y adorando hasta al más malévolo de todos ellos.
Los escenarios y las tramas que se agolpaban en su cerebro fueron saliendo a través de sus dedos y de la pluma fueron al papel. Su mano no se cansaba de escribir y los manuscritos fueron multiplicándose. El pequeño despacho de su casa se convirtió en su refugio más preciado y allí dio rienda suelta a su imaginación.

¡Qué cantidad de historias maravillosas se aglomeraban en los cajones de su escritorio! Pero ninguna de éstas vio la luz y sólo eran leídas a través de unos lentes, por unos ojos cansados y que mostraban arrugas alrededor: de tanto fingir sonrisas y de tanto llorar sueños perdidos.
Poco después de su muerte, una tarde en que el silencio reinaba en cada habitación de la que fue su casa por tantos años, uno de sus hijos entró a su despacho. Un hombre adulto fue el que cruzó el umbral, pero con la curiosidad manifiesta de un niño por el ansia de descubrir que hacía su padre durante las largas horas que pasaba allí dentro.
 Caminó por los rincones de ese espacio que entregaba recuerdos de una vida que se mantuvo contenida, y abriendo los cajones de un escritorio ya viejo y desgastado por el uso, encontró el mejor de los tesoros.
Para este escritor habría sido maravilloso el poder presenciar la mirada orgullosa de un hijo que reconoció al instante el talento de su padre. El éxito a fin de cuentas no llegó de la manera esperada: fuera de tiempo y ya sin poder ser partícipe de ello. Quizás si no se hubiera dado por vencido tan pronto. Quizás...

4 comentarios:

  1. Hermoso relato y un bello consejo de no rendirse, te felicito...

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  2. Es precioso, conmovedor, y ademàs nos ayuda a aquellos que estamos como él a saber que nunca hemos de darnos por vencidos :)

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  3. ¡Qué relato tan bonitoo!
    Me alegro de que te vaya bien el maratón :)

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  4. Es muy intimista. Está bastante chulo. ¿Cuántos como él seremos el día de mañana? Jejeje!
    Salidos!

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