domingo, 9 de septiembre de 2012

Abismo


Saludos blogueros, el día de hoy traigo para ustedes este relato que escribí hace ya casi en año. Es el primero con el que participé en Adictos a la escritura, quizás ya lo hayan leído, quizás no, de cualquier forma lo comparto de nuevo a fin de que me den su opinión, no sé si haya habido alguna evolución en mis posteriores escritos, yo espero que sí, estoy atenta a sus comentarios. 


ABISMO



“He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last forever: I was wrong”.
Fragmento del poema Funeral Blues del escritor
británico nacionalizado estadounidense W. H. Auden.


En los últimos instantes cruzó por su cabeza una idea loca, que le pareció inadmisible, pero dejó que se deslizara por su mente llenando cada espacio como un aire fresco. «Ella notaría su ausencia», fue el pensamiento y se aferró a él como un naufrago lo haría a un bloque de madera henchido.
Observaba los azulejos del baño mientras los contaba de izquierda a derecha, siguiendo un orden absurdo que de nada le servía, pero que le distraía por momentos de lo que había hecho. Un sentimiento que desde hace años ya no sentía tan ajeno, comenzó abrirse camino en los breves espacios de conciencia que aún le quedaban. Se sentía en la incómoda postura de un niño esperando el regaño por haber cometido una travesura.
Repasó su día, en los últimos meses apenas si había salido de su departamento. No obstante, cuando despertó esa mañana había sentido unas ansías locas de ir a buscarla. Se sentía renovado y basto de esperanza. Cuando se miró en el espejo notó un brillo distinto en su mirada, y por un momento creyó que todo volvería a ser como antes. Una actitud ingenua ante el hecho irrefutable de que el pasado nunca vuelve, que todo cambia y que ni nada ni nadie permanece inalterable al paso del tiempo. «La esperanza, a veces nos juega malas pasadas», pensó. 
Una mosca que sobrevolaba por encima de su cabeza llamó su atención, y cuando se fue a posar cerca de su mejilla ni siquiera hizo el intento de ahuyentarla. Además, suponía que sus manos ya no responderían a las débiles señales que pudiera mandar su cerebro. Sintió un ligero cosquilleo antes de que de nueva cuenta volviera a emprender el vuelo y la vio salir por la ventana. Desde allí llegaban a sus oídos los sonidos de la calle, las risas de niños en pleno juego, el motor de los automóviles en marcha, la voz amplificada de algún vendedor ambulante ofreciendo su mercancía. En conclusión, los ruidos de una agitada vida a la que él ya no quería pertenecer.
Los últimos rayos del sol de la tarde iluminaron el recinto, dándole a la escena un toque menos lúgubre. Miró en los espacios de luz las pequeñas partículas de polvo que flotaban en silencio. Podía sentir en el rostro una ligera brisa y a través de la ventana alcanzaba a distinguir un trozo de cielo que empezaba a enrojecer. Parecía una tarde como cualquier otra. El típico baño que estaba tan acostumbrado a tomar, después una sopa instantánea para la cena mientras miraba el televisor con actitud indiferente. Y quedarse dormido allí, en el sofá desvencijado, roto en la gran mayoría de sus partes, hasta que la mala postura lo obligaba a irse a la cama.
En su memoria avivaron recuerdos hasta entonces ya enterrados, dolorosos: gritos, peleas, palabras hirientes de las que ya no pudo retractarse. Rememoró la última conversación, cuando ella se marchó y ante su ausencia todo lo que le rodeaba dejó de tener un sentido. Siempre creyó que regresaría y fue consumido por una espera en vano que acabó con sus fuerzas.
«Si no se hubiese decidido a buscarla, ¿las cosas serían diferentes?», se dijo que no. Hace mucho que había perdido la batalla y se había dado por vencido. Se preguntó en que momento había sucedido y llegó a la conclusión de que fue cuando empezó hacerse obvio que no volvería. Se había sumido en un pozo sin fondo del que ya no pudo salir, apresado por sombras que lo asfixiaban y que terminaron siendo su única compañía.
Lo sucedido esa mañana se le antojaba ya tan lejano. ¿Realmente había estado allí, parado en la acera frente a su casa? Fue como si hubiera esperado una eternidad para verla y cuando apareció un revoloteo de mariposas se instaló en su estómago. Llevaba un vestido de flores y ante esa imagen hasta el mismo sol se le hizo opaco. Le pareció que se veía hermosa, toda ella irradiaba luz, se le notaba feliz y su mirada transmitía una tranquilidad que lo impulsaba a acercarse, hasta que se dio cuenta que nada de eso podía ser por él.
Se quedó inmóvil apenas un instante, pero la idea de que lo viera le asustó, caminó hasta la esquina y de repente se sintió totalmente fuera de lugar. «¿Qué demonios hacía ahí?», se dijo, «¿qué esperaba, un rencuentro emotivo, lágrimas, besos, abrazos?». Se disponía a marcharse cuando lo vio, un hombre se acercó por su espalda y la abrazó. Ese abrazo que debió haber sido suyo inició el derrumbe, pero cuando las manos de él bajaron hasta su vientre y la acariciaron con un gesto de ternura, se le escapó el último soplo que le quedaba de vida. 
Salió corriendo, como si una jauría de perros hambrientos lo estuviere persiguiendo y, sin recordar siquiera como había llegado, de repente se había encontrado frente a su edificio. Se trataba de una construcción de departamentos que parecía haber estado pintado de blanco, ahora, y con el paso de los años, no quedaba un sólo rastro de la claridad que ese color debía traer consigo. Con la pintura ya descascarada, azotada tantas veces por la lluvia y por el sol, mostraba un tono amarillento y unos tramos enmohecidos. En definitiva, no era un bonito lugar para vivir, más parecía una vía de escape para todos aquellos que quisieran ocultarse del resto del mundo. Allí se había ocultado él. ¿Por cuánto tiempo?, ya ni siquiera lo recordaba.
Ya en su departamento se sentó a pensar en su situación. El hecho de que ella estuviera bien debió haberlo reconfortado. ¿No era así como funcionaban las cosas? Si ella era feliz, era razón suficiente para que él lo fuera también. Pero en su mente retorcida y egoísta, y bajo el dolor del que se sintió presa, en lo único que pudo pensar es que no era feliz con él. Lloró como un niño acurrucado en una de las esquinas de su habitación y la idea entró fácil a su cabeza.
Se dirigió a la cocina para tomar lo que creyó necesario y de ahí fue directo al baño, donde acomodado en la tina se dispuso a realizar lo planeado. «El único plan que le saldría bien»pensó. Decidir truncar su camino fue demasiado sencillo y debió darse cuenta en ese preciso momento que nada resulta ser en realidad tan simple. Tanto camino por recorrer y lo cortó de tajo.
Sumido en un torbellino de pensamientos y recuerdos, de golpe retornó a su realidad. El olor óxido que emanaba de su cuerpo inundó su nariz y miró fijamente el agua de la tina que se encontraba teñida de rojo, formando remolinos en tonos cada vez más intensos. Apenas si notaba las ranuras que se delineaban en sus muñecas y sus párpados pesaban como grandes placas de acero. Viajaba ya en un vertiginoso sueño del que no habría de regresar.
Soltó un quedo suspiro y volvió a pensar en ella. Como luces intermitentes cruzaron por su mente su rostro, su cabello, el color de sus ojos. Se coló en sus oídos el eco de su risa e inclusive se sintió capaz de percibir su aroma.
«Ella notaría su ausencia», fue su último pensamiento y cerró los ojos para jamás volver a abrirlos.